Versalles en dos horas (y media)

adoquines-versalles.jpgLlamo a un taxi enorme y los monto a todos dentro. ¡Al palacio de Versalles!, le digo al conductor. En cincuenta minutos ya estamos en la puerta. Mierda, no he comprado las entradas con antelación: a la cola. De repente aparece una señora con muy malas pulgas armada con un megáfono. Dice que es domingo, que se pueden visitar gratis los apartamentos de las delfinas y no sé qué más (¡eso, eso, qué bien, vamos y nos ahorramos la cola!). Ni hablar, les digo: yo he venido aquí a ver el salón de los espejos, los apartamentos del rey y los de la reina. Y después el Petit Trianon, que era el chalecito que empezó a construir la Pompadour y terminó María Antonieta para escapar del melifluo de su marido. Me interesa mucho verlo.
Venga, unos audífonos para cada uno, que vienen incluidos en el ticket. Qué mierda, en España estas cosas están mejor organizadas. Vale, funcionan, pero no corráis, joder, ¡no corráis!. Prohibido hacer fotos (¡y una mierda!). Click, click, clikc, todas borrosas. La capilla, que se me olvidaba. Un momento, el salón de Hércules, dejadme que lo mire, hostias, necesito inspiración (no nos da tiempo, la mesa está reservada para las dos y media). Dios, qué pasada, (sí, muy chulo, ¿por qué hay una balaustrada dorada para separar la cama del rey y de la reina del resto de la habitación? Qué gente tan rara… ¡Pero si es Napoleón coronando a Josefina!. ¿Ése era monárquico?). ¡A los jardines, a los jardines, que hay un trenecillo que nos lleva al Trianon por cuatro euros! Mierda, está completo y el siguiente sale en quince minutos. Renuncio al Trianon y gasto el tiempo que me queda en perderme por los jardines, que están embarrados pero son los jardines de Versalles, qué coño. Me ensucio las botas con gusto. Allí al fondo está el Trianon. Me daría tiempo a acercarme… (protestas generalizadas, caras de póker del personal, nadie parece tener la capacidad de mover las piernas que tengo yo, pandilla de flojos). De acuerdo: parada y cerveza en este bar tan ideal, pero antes más clicks con la fuente de Apolo a mis espaldas, por favor (que tía más pesada, queremos una puta cerveza y sentarnos que hace solecito).
(Hay que regresar, el taxi nos recoge a las una). Pues que espere, me digo en secreto. Y me hago la remolona. Contemplo el camino que conduce al Trianon y valoro por un instante la posibilidad de batir el récord mundial de velocidad en carrera libre hacia le Petit Trianon. Sé que podría, estoy en forma. Prometo no fumar por el camino, sólo correr en línea recta. Pero los sensores que tengo situados en el cogote perciben los impulsos asesinos de mis acompañantes. Me parece que han adivinado mis intenciones. Agacho las orejas, me compro un libro con fotos enormes a color y me empapo de lo que no he visto durante el trayecto de vuelta. Pero antes hago otro click e inmortalizo los adoquines del patio para lucirlos como salvapantallas en mi móvil.
Volveré sola o en compañía de algún alma sensible.
Fuimos puntuales a la hora del almuerzo. Tampoco estuvo tan mal.

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