Teresa Macanás, crónica de una muerte anunciada

Ángelo entró en la cocina, pidió dinero a su madre, ella se lo negó y discutieron con violencia como tantas otras veces. La cosa acabó malamente: le asestó varias cuchilladas a la hacedora de sus días hasta matarla, pero le debió parecer poco, así que la decapitó con el cuchillo jamonero. Tal vez al parricida le temblaba el pulso porque no acertó a rebanar la cabeza de su progenitora por el pescuezo, sino que entró a rematar a la altura de las narices, asunto que deduzco que le ocuparía más o menos media hora. Después, envolvió la testuz de su madre en un trapo, la tomó entre sus brazos y se la llevó de paseo. Se dio varias vueltas por la plaza del pueblo hasta que decidió sentarse en un banco para conversar con la porción de cabeza de la desgraciada: “ahora estás callada…cuánto te quiero”. De esta guisa, semidesnudo, con una cinta atada al pelo cual macabro samurai, lo interceptó al fin la policía.
Teresa llevaba años pregonando a quien quisiera escucharla la crónica de su anunciado final:

“Una vez que uno está muerto, ¿qué pasa?, lo cogen, lo detienen lo encierran en la cárcel y yo muerta, y ya no hay más soluciones”


En Santomera ha caído una maldición. Hace ocho años otra hija de puta (¡y van…!) estranguló a sus dos hijos con el cable del cargador del teléfono móvil después de esnifarse hasta el polvo de la bolsa de la aspiradora… porque su marido le era infiel. Al día siguiente la parricida caminaba destrozada tras los féretros de los chiquillos. A la zorra de Paquita la han condenado a cuarenta años en el talego. Cumplirá sólo veinticinco, que es lo máximo que se puede estar enchironado según el Código Penal vigente.
No voy a calificar a Ángelo de hijo de puta porque su madre era una santa, hoy ya convertida en mártir. Es sólo un esquizo cabrón, uno de tantos, uno más de esos que nos cruzamos por la calle todos los días. Los vemos, los miramos y un escalofrío recorre nuestro cuerpo durante unos segundos. Tal vez comentamos alguna banalidad si alguien nos acompaña, un lacónico ‘¿has visto qué pinta tiene ese tío?’, y continuamos con nuestra vida tan campantes porque no es asunto nuestro. Hasta que decapitan a alguna desgraciada de ésas que berrean por la tele. O un capullo reincidente asesina a una niña. O una gorda amargada incendia un edificio. O…
Ojo, que están ahí, aquí, allí… y avisan.

Una respuesta

  1. ola yo soy de santomera,queria mucho a teresa y eramos muy buenas amigas y e serio k santomera esta maldita,se los digo en serio

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