Guacamaya de honor

Una guacamaya en mi argot particular es una dama, señora o mujer que ha sobrepasado la barrera de los “taitantos”. En la actualidad las guacamayas conforman una especie denostada e injustamente tratada por la sociedad. A pesar del maltrato que soporta este excelso colectivo, hay que decir que en torno a ellas se fragua un negocio fabuloso pues cualquier guacamaya decente tiene el deber y la obligación de defenderse a capa y espada del ocaso que las acecha inclemente.
Una guacamaya jamás se rinde durante su batalla contra el ostracismo. Ni un millón de jovencitas desnudas tatuadas donde la espalda pierde su nombre podrían eclipsar a un verdadero -e incombustible- ejemplar.
Y para muestra, un botón:

Ochenta años cumplió el once de junio la excéntrica viuda ultracatólica de Balduino. Sería interesante que alguien llevara a cabo un estudio sobre la posible la relación entre el perpetuo pelucón de Fabiola y la religión católica. Ambos conceptos necesitan una revisión urgente.
Por la parte que a mí me toca, cuando sea mayor, quiero ser como ella. Reina viuda, con una paga de un millón y medio de euros anuales para invertir en laca, respetada y revestida con una pátina de misticismo glamouroso que quita el hipo.
¡Que viva la reina Fabiola, coño!

pd.: Observe el lector que la dama usa dos relojes, parece ser que no se deprende del peluco de su difunto marido.

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