Usain Bolt, la gacela desgarbada

Disfrazado de baloncestista -nada de ropajes aerodinámicos- y con una de sus zapatillas doradas desabrochada, así batió el récord del mundo en los 100 metros lisos el larguirucho jamaicano. Tan sobrado iba el tío que se permitió el lujo de celebrar su triunfo durante los últimos veinte metros y golpearse el pecho al pisar la línea de meta. Récord capicúo y hasta obsceno: 9.69. Sin aditivos, zancada monumental tras zancada, sin despeinarse, con absoluto dominio sobre el resto de la manada que tuvo que apretarse los machos: seis de ellos bajaron de los diez segundos en la final más rápida de la historia. Si Usain se lo hubiera tomado más ‘en serio’, estaríamos hablando, probablemente, de una marca escandalosa.

Se acabó el dominio de negros culones con los muslos hiperdesarrollados. Se acabó la diáspora de corredores jamaicanos a EEUU para triunfar en el ruedo deportivo. Él es la velocidad de manera natural, sin parafernalias ni excentricidades, salvo las propias de sus orígenes caribeños… con la excepción de las zapas, aunque se le olvide atarse los cordones antes de competir, despiste genial e impensable en uno de esos corredores prefabricado a los que nos tenían acostumbrados.

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