Adiós, guapo

Pertenezco a una generación que ha crecido escuchando suspirar a sus madres, tías y abuelas a causa de Paul y/o Robert (Redford). Yo misma he padecido ese mal en mis propias carnes al disfrutar del primero ejerciendo de hijo rebelde -y pródigo- en la Gata sobre el tejado de Zinc, una de mis películas favoritas.También he soñado con vivir otra vida mientras me tragaba las -magníficas- tres horas de Memorias de África; y, aunque nunca me apasionaron ‘las del Oeste’, reconozco haber gozado con Dos hombres y un destino y cómo no, con El golpe. Una de las que más me gustó, sin embargo, fue El color del dinero… Y así podría continuar hasta repasar toda su filmografía, pero sería más cómodo para el hipotético lector recurrir al google o a la Wiki, ya que yo prefiero centrarme en aspectos más lúdicos.
Miles de veces he escuchado a esas madres, tías y abuelas declarar su “amor incondicional” hacia él. Exaltadas, ensalzaban su angelical y serena belleza. El peso de la responsabilidad de la guapura masculina durante muchos años ha recaído -con acierto- sobre los hombros de Paul Newman, un mozo, que aunque no demasiado bigardo ni gallardo ni fornido, exportó al mundo su hermosa y melancólica estampa. Incluía el paquete del Newman unos ojos azules que hacían palidecer a los océanos (madres, tías y abuelas dixint). Un prototipo de belleza, por otra parte, bastante alejado del estereotipo del nuestro macho ibérico -véase Pajares o Esteso- actores fetiche del panorama cinematográfico patrio, hoy relevados por otros ejemplares más evolucionados estéticamente, como Banderas o Bardem, pero en cualquier caso se trata de señores peludos con una estampa algo hosca, nada que ver con la belleza sensual, serena, lánguida e insisto, angelical de Newman.
A mí, la verdad, me decepcionó bastante desde que vi su cara estampada en un bote de salsa: los ídolos no se deberían prestar a esas cosas. Gracias a esta pequeña decepción empecé a descifrar el “way of life” americano, hoy exportado hasta la mismísima China, pero esa ya es otra historia…

Descansa en paz, Paul.
Todas las hijas, las nietas y las bisnietas de todas las madres, tías y abuelas que conozco te recordarán por los siglos de los siglos.

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