Breve apunte ‘costumbrista’ con forma de epístola coñazo

Querido:
He estado unos días en la costa amalfitana. He paseado por Nápoles, Capri, Pompeya, Positano… Impresionantes todas y cada una de ellas. Creo que ha llegado el momento de enloquecer y largarme a Amalfi. Quiero ser una mujer de negocios, una ejecutiva influyente: voy a poner un puesto de dedales esmaltados.
La costa amalfitana es patrimonio mundial de la UNESCO. La única forma de acceder a ella es a través de una carretera estrecha y serpenteante, cuajada de precipicios imposibles y salpicada de pueblecitos increíblemente hermosos. Aun así, no creas que tiene poco tráfico, sino todo lo contrario, incluidos autobuses limitados a doce metros de longitud. Allí es normal que un vehículo recule doscientos metros cada dos por tres en plena “chicane” y naturalmente, las discusiones entre chóferes con la adrenalina por las nubes forma parte del encanto del lugar. Los insultos y discusiones entre ellos son otro atractivo turístico más. Qué machotes, qué estilazo, qué virilidad, cuánto arte y glamour derrochan cagándose en sus respectivos muertos. Para que te hagas una idea, un conductor de línea amalfitano trabaja dos semanas y descansa una.
Yo me quedé en un establecimiento con sus cinco estrellas de rigor, con la piscina cavada en las rocas. La planta alta está al borde de la carretera y las habitaciones se descuelgan a lo largo de un precipicio que se asoma al mediterráneo. Una maravilla, pero es que allí cualquier rincón es maravilloso. Estoy convencida de que la belleza se inventó en Italia, pero esta afirmación no sólo se debe a la riqueza artística que sus excelsos representantes crearon en tiempos: fue la propia naturaleza la que lo dispuso así. Y si fue Dios quién creó el mundo, allí echó los restos, porque ya no se trata sólo de la disposición de las piedras, ni de las grutas, o del mar o la vegetación, que va; también ellas y ellos destacan con un no sé qué salvaje que les brota desde dentro. Me gustaría ser italiana y del sur, ahora que lo pienso.
Poner los pies en Pompeya fue un sueño hecho realidad. A pesar de que me limité a los topicazos (el lupanar te hubiera gustado) disfruté como una enana. Recorrí las calles pompeyanas con sandalias de esparto -altas, muy altas- sin caerme ni tropezar en ningún momento. El Vesubio al fondo, tranquilo pero majestuoso, y yo la más pompeyana de todas las pompeyanas que hayan puesto sus pies allí. Qué cuento tengo. Será porque me entonaba después del café –y no ese agua negra que tomamos los españoles- con dos limonchelos, que allí saben mejor porque es allí donde se inventó ese licor para deleitar el espíritu. También se inventó la pizza en Nápoles, aunque me cuentan ya en tierra ibérica que no, que la inventaron en Barcelona (¿¡!?). Estaban buenas, claro que sí, pero prefiero los “pétalos de rosa” que probé en “Chez Black“, en el puerto de Positano. No se trata de cocina de fusión ni de alimentos deconstruidos a lo Ferrán Adría, que va. En el sur de Italia la parafernalia se remite a los excesos de la madre naturaleza, a la verborrea de sus habitantes o a la dilatación del tiempo. Se trata de una pasta redonda y plana acompañada de una salsa de setas exquisita.
En Capri ‘me metí’ en una gruta que usaba en tiempos Tiberio como piscina. Un barquero te conduce a través ella en una barquita decrépita mientras te canta “Oh sole mío” y cosas así. Humillante, pero es lo que hay. Tiene la particularidad de que el sol se filtra en el agua de una manera extraña y parece que está iluminada, de manera que se torna de un azul indescriptible. Y es que Capri es para perderse en una zodiac con una nevera portátil, una manta y un napolitano galante, fornido y mentiroso, ya que está cuajada de grutas y recovecos que invitan a la lujuria. Una pena que el principal atractivo de la isla resida en el comercio de lujo. Está atestada de turistas, es incómodo y desagradable pasear por esas callejas tan bonitas tropezando con japoneses y alemanes alienados. También son incómodas y poco recomendables las sandalias de esparto -altas, muy altas-, tal vez por esa razón el souvenir más demandado de la isla sean precisamente las sandalias, pero planas. Y demasiado caras.
El guía, que se llamaba Paolo y era napolitano, tuvo el detalle de leernos durante el trayecto de regreso la carta que Plinio el Joven escribió al historiador Tácito narrando los últimos momentos de su tío Plinio el Viejo durante la erupción que destruyó Pompeya. Tenía el hombre (y tiene, supongo) una voz muy varonil. Creo que él y yo éramos los únicos verdaderamente interesados en la lectura, él porque leía, yo porque cerré los ojos y disfruté de la lectura arrobada. Podría ampliar mi relato hasta la extenuación, pero como sé que eres un señor bastante ocupado y poco detallista, no te voy a castigar más. Eso sí, anota en la (apócrifa) lista de obligaciones un nuevo e hipotético destino para fugarnos.
Besos.
(Ilustro con una imagen de la Gruta azul de Capri)

2 comentarios

  1. Nuevamente decirte que es una lectura deliciosa.Me imagino un limonchelo frío, con un parasol, mirando las ruinas de Pompeya y escuchando la banda sonora de Gladiador…

  2. Gracias, Caminant.
    Estás en tu casa, ya sabes.
    Abrazos.

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