New York, New York…

perrito-en-el-madisonNo es la primera vez que arrastro mis pies sobre el asfalto neoyorquino y tampoco será la última, a pesar de que caminar por Manhattan con tacones durante cuatro días supone un serio riesgo de amputación para las extremidades inferiores. Cierto es que las aborígenes se permiten el lujo de imitar a Paris Hilton, pero ellas se limitan a recorrer la distancia que separa las casas de sus amantes de Juicy Couture en Aston Martin, por lo tanto el paseíllo se ve reducido a la bajada del coche y a la entrada apoteósica en el comercio de moda y viceversa.
Y he aquí a esta españolita valiente dispuesta a emular a las señoritas que salen en las revistas, sin Aston Martin, sin amante y con unos tacones de infarto. Porque yo llegué a NY y lo primero que hice fue cambiarme de zapatos (botas por botines chúpamelapunta y taconazo), calarme un gorro de zorro plateado hasta las orejas y salir pitando hacia el Madison Square Garden. Para ello tuve que atravesar Time Square y bajar por la séptima hasta llegar a la treinta y tres. El partido: New York Knicks vs Toronto Raptors, una desgracia, pues Calderón fue masacrado por un negro enano con unas cualidades sobrenaturales para el basket, aunque fue agradable comprobar el respeto y el cariño que los yankis profesan a nuestro compatriota. Por desgracia no vendían suvenires de los Toronto, así que nos vimos abocados a comprar el típico guante y el gorro de los Knicks como recuerdo friki. La estampa resultaba francamente bizarra: entre el público había una fila de desalmados tragaperritos compulsivos disfrazados con los colores de los “locales” que no paraban de animar al equipo contrario, especialmente a Calderón, nobleza obliga. Pero hete aquí que el jet-lag se cebó con nosotros. Y empezaron a caer como chinches. Primero se durmió uno, luego otro y así sucesivamente. Quedamos tres en pie. La situación se tornó un tanto trágica: una fila de españolitos junto a un negro, perdón, he querido decir un afroamericano con su hijo, ambos alucinados; un asiento cargado de abrigos, gorros, bufandas y guantes, dos más repletos de cajas con restos de hamburguesas, perritos, pollo frito y jarras de cerveza vacías; tres tíos sobando abrazados al guante naranja, con sus respectivos gorros de los Knicks muy bien puestos; y otros tres individuos disfrazados de la misma guisa haciendo fotos a todo lo que se meneaba mientras animábamos al equipo contrario. Nos levantamos en el último cuarto, ya que uno de los durmientes abrió un ojo y arguyó la excusa intolerable de la marabunta humana a la hora de la salida. Pero aquello no era el Nou Camp precisamente, ni tampoco la Maestranza tras una corrida de José Tomas: había taxis por un tubo. NY es una ciudad civilizada, los ancianitos y las viudas resabiadas no tienen la costumbre de hacer la zancadilla en la cola de la parada de taxis…

Tu bi continued (or not)

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