Más Aminatu

Y bien, Aminatu ya ha regresado a su(s) patria(s) a pasar la navidad, fiesta pagana, supongo, para una musulmana como ella. Pero como hablamos de una activista reputada y galardonada en occidente, no dudo que sucumbirá a los encantos paganos y estoy segura de que complacerá a sus hijos con alguna milonga; con más razón después del sofocón que les ha dado a los pobreticos. Queda temporalmente cerrado, pues, el capítulo que ha reportado tanta publicidad a escala internacional al pueblo saharaui. Pero con lo que no contaba Aminatu es con el devastador efecto grano en el culo derivado de su chantaje, legítimo o no: la noble causa ha quedado relegada a un segundo plano. Demos gracias a Aminatu por dejar a España una vez más en ridículo. ¡Y van…!

El otro día tuve el honor de ser invitada a un perol de (presuntos) artistas. El acto incluía la visita a una exposición de un autor de algo, es decir, un artista; un autor progre, calvo, de estos que se visten con chupa de cuero raída, jeans, camiseta con alguna leyenda solidaria, bufanda de punto de rayas, botas chúpame la punta, boina (se han puesto de moda entre ellos) y gafas de pasta. Los fastos los organizaba un ente público. Lo llamaremos ente porque ‘organismo’ queda rimbombante, ‘estamento’ es un tanto abstracto y no sabría explicar muy bien de quién dependía, pero el caso es que aquello también lo pagaba yo. Me dirigía junto a un grupúsculo de (presuntos) artistas hacia el sarao, pero justo antes de partir se me ocurrió bichear el cartel que lo promocionaba. En la parte inferior, en letra pequeña leo: Mercadillo solidario, beneficios a favor de la asociación de refugiados saharauis. O algo similar.
Así que me di media vuelta y me fui al bar de la esquina, qué coño. Y no es por falta de solidaridad, no, es que estoy hasta las narices del cinismo de los (presuntos) solidarios, especialmente cuando ese cinismo va asociado a causas políticas disfrazadas de tragedias. Que lo son a veces, no lo pongo en duda. Que es necesario alzar la voz, tampoco. Pero ya está bien.
Para solidaria yo, y tengo pruebas: el dueño del bar, que suma cinco churumbeles repartidos entre varias legítimas me hace reverencias cada vez que franqueo el umbral de su puerta.

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