14-F II

Finalmente regresé a mi lupanar favorito pero tal y como vaticinaba en mi anterior entrada, el panorama era desolador. Las ofertas de los hoteleros también han atraído a familias completas. Abuelos, padres y nietos se mezclaban indiscriminadamente en la zona de fumadores con los turistas del amor de pexiglás.
Así que yo a lo mío. Me entregué al dolce fare niente comenzando por un tratamiento reparador del cutis. Despatarrada sobre la camilla ergonómica, con una mascarilla pegajosa que me inmovilizaba los músculos faciales, me aburría como una mona, así que le saqué tema de conversación a la Pili, gerente del spa; una virtuosa con las manos…
-Hay que ver cuánto enamorado hay. Estaba anoche el restaurante lleno, conseguí articular.
-Sí, sí.
-Pero parecían muñecos pagados por la cadena (hotelera). Maniquís contratados para la ocasión. Apenas hablaban entre ellos; no gesticulaban, no se reían… en fin.
-Ay, señora Roberta. Si yo le contara.
-¿…? (mascarilla resquebrajada)
-Pues, pues, que esos mismos vienen con las queridas entre semana. Ahora toca sacar a las parientas para cumplir.
Carcajada y mascarilla destrozada. La Pili se aplica con la brocha de nuevo.
-Yo ya no sé ni cuándo saludar. A veces me hago la tonta para no meter la pata…
-Pues ya podrían ser más considerados y cambiar de escenario.
-Uy, que tontería, si eso da igual.
-Hombre, Pilar, no me dirá usted que no es el colmo del descaro.
-Que va, que va (la mar de risueña). Si lo sabré yo bien que he sido querida durante 20 años.
Mascarilla jodida otra vez, esta vez toca la frente, debo de haber levantado las cejas hasta el techo.
-¡Si es muy lógico!Mire usted, con las queridas ellos hablan, se divierten y esas cosas que pide el cuerpo. En cambio con las esposas hay que compartir todas esas rutinas… que si la casa, los niños, las facturas. En fin, el amor se muere. No digo yo que se dejen de querer, no, pero no es lo mismo. Ya sabe usted…
-¿Yooooo? A mí que me registren, Pili. Déjeme usted mona y dios proveerá.
Llaman a la puerta, se nos ha hecho tarde con la casquera. Tengo ‘relajante completo’ con Gustavo, un mago al que consiento que deslice sus manos sobre los pliegues de mi cuerpo… pagando, claro.
Pero antes de abandonar la sala de restauración la Pili se despide de mí alegremente:
-¡Y vuelva usted por aquí con un querido!
(…que no se lo contaremos a nadie, omite, pero yo lo capto)
Es bueno saberlo.

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