Archive for 25 abril 2010

Todavía no toca, maestro
25 abril, 2010

A España se le ha congelado el bostezo esta mañana. Hemos desayunado café con salpicaduras de sangre del maestro de Galapagar porque un toro le ha partido las venas. El trapío del quinto de la tarde se convirtió en traición al tercer aviso. Uno, dos y se lo llevó por delante. A chorros le salía la sangre por la ingle izquierda y en volandas se lo llevaron. Tarde o temprano la borrachera de arte y coraje a la que nos tiene acostumbrados tenía que desembocar en una resaca feroz con forma de hemorragia virulenta. El hombre mutado en leyenda ha resucitado la fiesta con sus locuras cargadas de insolente belleza, pero parece decidido a obsequiarnos con una muerte épica de ésas que recitan los juglares en negrita y cursiva, de ésas que presiden las cabeceras de los rotativos con grandes titulares y abren los informativos en las radios y las televisiones.

Pero no era su hora.

En Aguascalientes se arremangaron los puños de las camisas para reponer el caudal de vida de las venas cada vez más secas del diestro. Decenas de aficionados corrieron a la enfermería donde lo operaban en carne viva, a pelo y sin anestesia. No daba tiempo, se le vaciaba el cuerpo a borbotones y su vida pendía del temple de los que le cerraban las carnes y de los brazos de sus incondicionales.
No era su hora, no, pero todavía nos tiene que dar muchos disgustos aunque siempre nos haya recompensado con la intensidad de su entrega.

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Grande Samaranch
21 abril, 2010

Leo con asco el obituario dedicado a Samaranch, ‘cortesía’ de la pluma resentida de Salvador Sostres, un seudointelectual de profesión provocador y catalanotalibán, malo de cojones, retorcido, cutre y rencoroso al estilo de Garzón pero en versión marrullera. En fin, qué se le va hacer. Esto es lo que tenemos: proliferación de rojos y progres de pandereta empeñados en que las nuevas generaciones hereden el rencor histórico que les caracteriza. Putas de la comunicación, mercaderes de la palabra…
Culé tenía que ser.
Que les den por culo a todos.

Coincidí con don Juan Antonio Samaranch en un conocido restaurante barcelonés. El dueño tuvo la deferencia de acomodarlo en la mesa contigua a la nuestra. Tuve que controlarme y ser educada. Me hubiera gustado levantarme y darle un abrazo, pero me conformé con esconder el teléfono móvil bajo el mantel para hacer spam a todos mis contactos: ¡Estoy comiendo al lado de Samaranch!. Ya estaba mayor, pero derrochaba señorío, glamour, saber estar, seny y todo lo bueno que se le pueda suponer a un señor de una dimensión estratosférica. Afortunadamente lo recordaremos por sus hechos, no por las palabras de un descerebrado oportunista que carece de escrúpulos.
Pero yo no quería rebuznar hoy, sino rendirle un homenaje pequeño, ridículo y modesto a Samaranch. Y no se me ha ocurrido mejor forma que renegar de mis dolencias, pasármelas por el forro y pegarme una sesión quasi mortal de ejercicio. Sudada, medio muerta pero feliz, sin apenas dolor (¡milagro, milagro, que beatifiquen a Samaranch!) estoy en condiciones de apostar un mollete de Antequera relleno de jamón -con aceite y tomate- y una caña a que he perdido tres kilos de sebo durante la excepcional gesta.
…Porque yo amo el deporte y gran parte de ese amor se lo debo a la excepcional labor que hizo Samaranch. Y gracias a ese amor, entre otros muchos beneficios y grandes momentos de gozo, mi culo soberano levanta pasiones.
Descanse en paz junto a Bibis, la gran dama que fue su primera esposa.

¡Sig ha vuelto!
18 abril, 2010

No recomendado a menores de edad ni a nadie.

Inner (II)
12 abril, 2010

El tiempo es un bálsamo poderoso que atenúa los sentimientos. Los desdibuja, los tamiza. Sólo quedan los recuerdos -los buenos recuerdos- los que se manifiestan con una sonrisa, con nostalgia y con ternura.
El sufrimiento palidece y el alma, aunque parezca un despropósito, se enriquece.

Un abrazo enorme.

Catetos pero no tontos
11 abril, 2010

Hay mil formas de disfrutar. Tradicionalmente, se suelen asociar el folgar o el buen yantar al placer pero yo soy una esteta y a las mencionadas he de añadir otras fuentes de gozo: el oído y la vista, que pueden ir asociadas o no a las anteriores.
Válgame el conato de disquisición como introducción para dar pie a la narración de la experiencia extrasensorial que experimenté hace unos días.
Me fui de compras a Puerto Banús, como los buenos catetos de antaño. En el manual apócrifo del provinciano imperan algunas normas elementales a la hora de visitar este destino. A saber:
-Hay que ir en festivo y a ser posible acompañados por la familia.
-Hay que arreglarse como si de un domingo de Ramos se tratara.
-Hay paradas obligatorias frente a los escaparates de Vuitton, Armani, Versace y CIA.
-Hay que mirar con respeto acomplejado al gorila de la puerta de los establecimientos anteriormente mencionados. El ciudadano medio no tiene cojones de entrar a ninguno de los establecimientos citados porque el vendedor o la vendedora que se adivina tras las lunas de cristal tiene aspecto de recién salido del Hola, ergo para qué profanar cualquier prenda con nuestras manos sudadas y plebeyas, sepa dios lo que pone en las etiquetas.
-Hay que mirar en las terrazas por si está Julio Iglesias Julián Muñoz echándose una cañita.
-Hay que mirar y admirar los cochazos.
-Y hay que hacerse fotos junto a ellos con cara de soy un pringao y encima lo inmortalizo.
Pero no queremos parecer catetos ¿verdad que no?
Así que pedí a mis acompañantes que hicieran el favor de fingir indiferencia ante los Bentleys, los Ferraris y los Porsches que se pavoneaban por el muelle:

En verdad os digo que eso es de pobres. Fingid normalidad como si vuestro culo plebeyo estuviera acostumbrado a ser cobijado por esos habitáculos. So porrinos, que eso es lo que sois. Disimulad, que a los pobres y a los catetos no los quiere nadie. Sólo tienen utilidad en la práctica para los políticos: un porrino, un voto. Hale, ya podemos seguir buscando el todo a 1€ que debe de haber uno por aquí escondido y seguro que venden camisetas a cincuenta céntimos con la cara del difunto Alfonso de Hohenlohe Espartaco Santoni serigrafiada…”

Dicho y hecho. Nos aplicamos a ello con devoción mariana.
Caminamos por allí erguidos, muy dignos, hasta llegar a la altura de Casa Antonio. Nos debatíamos entre tirarnos el farol de comer en la terraza (¿y los tupper, coño, es que nadie ha traído tupper?) o bien largarnos con viento fresco a una pizzería de Torremolinos.
Y entonces un rugido celestial se apoderó de mi estómago.
Giré la cabeza instintivamente buscando el origen de aquel bramido delicioso. Dios bendiga a Horacio Pagani. Se deslizaba lenta, suavemente al compás de sus doce cilindros en V. Un rayo de sol me devolvió el reflejo de su majestuosa carrocería. ¡Milagro, milagro! Creí que nunca conseguiría ver uno. Paralizada ante aquel espejismo me mantuve inmóvil, cuadrada como un legionario ante el Cristo de la Buena Muerte para disfrutar de la visión de algo más de un millón y medio de euros en movimiento.
Pero no era yo la única. El silencio invadió el muelle Ribera. Un sentimiento colectivo de envidia y admiración se apoderó del ambiente. Salvo el conductor y la copiloto, los demás éramos penitentes en aquella procesión pagana. Además estábamos en semana santa. Ya me disponía a cantarle una saeta a aquella excelencia de la imaginería italiana cuando uno de mis acompañantes me susurró al oído:
-Roberta, ¿no decías que no nos quedáramos mirando con la boca abierta como los porrinos?
-Calla, porrino. Y haz al favor de llamar a Pepe que ha ido al baño y se lo está perdiendo.
A mi lado estaba Antonio, dueño del conocido restaurante que lleva su nombre, un hombre curtido sin lugar a dudas en las estampas costumbristas de Puerto Banús. También él disfrutaba del acontecimiento. Él, sus empleados y todos los comensales de su establecimiento. Y los niños que paseaban con sus padres. Y los ‘securatas’ y los gorilas. Y los vendedores de las tiendas. Y las rubias oxigenadas. Hasta al fantasma de José Banús Jesús Gil se apareció por allí.
Y el Pagani Zonda se alejó dejándonos grabada en la memoria la imagen de su culo imponente
Antonio nos dedicó una sonrisa compasiva así que decidimos quedarnos allí a hartarnos de gambas. Paramos el mundo un instante porque nos podíamos permitir soñar. Qué coño. Qué buenas estaban las gambas.

pd.:

Hollywood!
3 abril, 2010

Se acaba de ir.
Parapetada tras mi inalterable careta de fiera indómita he aguantado el tipo, le he deslizado medicinas para las cagaleras en la maleta y lo he amenazado por si no regresa a casa rico y triunfante.
Dos minutos después me han pillado fingiendo que ordenaba libros en otra habitación, llorando como una magdalena…
Y aquí sigo.
Cómo duele.