Catetos pero no tontos

Hay mil formas de disfrutar. Tradicionalmente, se suelen asociar el folgar o el buen yantar al placer pero yo soy una esteta y a las mencionadas he de añadir otras fuentes de gozo: el oído y la vista, que pueden ir asociadas o no a las anteriores.
Válgame el conato de disquisición como introducción para dar pie a la narración de la experiencia extrasensorial que experimenté hace unos días.
Me fui de compras a Puerto Banús, como los buenos catetos de antaño. En el manual apócrifo del provinciano imperan algunas normas elementales a la hora de visitar este destino. A saber:
-Hay que ir en festivo y a ser posible acompañados por la familia.
-Hay que arreglarse como si de un domingo de Ramos se tratara.
-Hay paradas obligatorias frente a los escaparates de Vuitton, Armani, Versace y CIA.
-Hay que mirar con respeto acomplejado al gorila de la puerta de los establecimientos anteriormente mencionados. El ciudadano medio no tiene cojones de entrar a ninguno de los establecimientos citados porque el vendedor o la vendedora que se adivina tras las lunas de cristal tiene aspecto de recién salido del Hola, ergo para qué profanar cualquier prenda con nuestras manos sudadas y plebeyas, sepa dios lo que pone en las etiquetas.
-Hay que mirar en las terrazas por si está Julio Iglesias Julián Muñoz echándose una cañita.
-Hay que mirar y admirar los cochazos.
-Y hay que hacerse fotos junto a ellos con cara de soy un pringao y encima lo inmortalizo.
Pero no queremos parecer catetos ¿verdad que no?
Así que pedí a mis acompañantes que hicieran el favor de fingir indiferencia ante los Bentleys, los Ferraris y los Porsches que se pavoneaban por el muelle:

En verdad os digo que eso es de pobres. Fingid normalidad como si vuestro culo plebeyo estuviera acostumbrado a ser cobijado por esos habitáculos. So porrinos, que eso es lo que sois. Disimulad, que a los pobres y a los catetos no los quiere nadie. Sólo tienen utilidad en la práctica para los políticos: un porrino, un voto. Hale, ya podemos seguir buscando el todo a 1€ que debe de haber uno por aquí escondido y seguro que venden camisetas a cincuenta céntimos con la cara del difunto Alfonso de Hohenlohe Espartaco Santoni serigrafiada…”

Dicho y hecho. Nos aplicamos a ello con devoción mariana.
Caminamos por allí erguidos, muy dignos, hasta llegar a la altura de Casa Antonio. Nos debatíamos entre tirarnos el farol de comer en la terraza (¿y los tupper, coño, es que nadie ha traído tupper?) o bien largarnos con viento fresco a una pizzería de Torremolinos.
Y entonces un rugido celestial se apoderó de mi estómago.
Giré la cabeza instintivamente buscando el origen de aquel bramido delicioso. Dios bendiga a Horacio Pagani. Se deslizaba lenta, suavemente al compás de sus doce cilindros en V. Un rayo de sol me devolvió el reflejo de su majestuosa carrocería. ¡Milagro, milagro! Creí que nunca conseguiría ver uno. Paralizada ante aquel espejismo me mantuve inmóvil, cuadrada como un legionario ante el Cristo de la Buena Muerte para disfrutar de la visión de algo más de un millón y medio de euros en movimiento.
Pero no era yo la única. El silencio invadió el muelle Ribera. Un sentimiento colectivo de envidia y admiración se apoderó del ambiente. Salvo el conductor y la copiloto, los demás éramos penitentes en aquella procesión pagana. Además estábamos en semana santa. Ya me disponía a cantarle una saeta a aquella excelencia de la imaginería italiana cuando uno de mis acompañantes me susurró al oído:
-Roberta, ¿no decías que no nos quedáramos mirando con la boca abierta como los porrinos?
-Calla, porrino. Y haz al favor de llamar a Pepe que ha ido al baño y se lo está perdiendo.
A mi lado estaba Antonio, dueño del conocido restaurante que lleva su nombre, un hombre curtido sin lugar a dudas en las estampas costumbristas de Puerto Banús. También él disfrutaba del acontecimiento. Él, sus empleados y todos los comensales de su establecimiento. Y los niños que paseaban con sus padres. Y los ‘securatas’ y los gorilas. Y los vendedores de las tiendas. Y las rubias oxigenadas. Hasta al fantasma de José Banús Jesús Gil se apareció por allí.
Y el Pagani Zonda se alejó dejándonos grabada en la memoria la imagen de su culo imponente
Antonio nos dedicó una sonrisa compasiva así que decidimos quedarnos allí a hartarnos de gambas. Paramos el mundo un instante porque nos podíamos permitir soñar. Qué coño. Qué buenas estaban las gambas.

pd.:

3 comentarios

  1. Ni catetos ni tontos.
    Cuando pueda, ains, cuando pueda, apareceré en mi incombustible motito, la de los ceros, y te secuestraré,
    Llevaré dos cascos quitamultas, unos guantes, poco cerebro y alguna cruzcampo con las gambas en un tuper. Circularé despacito. También nos mirarán y la plebe se detendrá, pero no para observar la yegua, sino a los jinetes.

    • Qué bonito.
      Me has hecho llorar y todo.
      Slurp’sssss!

      • Algo es algo.
        Preferiría hacerte gemir.
        Ñam!

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