Un día feliz

Febrero de 2010, en alguna parte

La abuela me regaló mi primer libro cuando tenía cinco o seis años. La pobre estaba empeñada en que me aficionara a las letras. Se titulaba ‘Un día feliz’. No recuerdo el autor; sí el argumento aunque muy difuminado por el paso del tiempo. Narraba la historia de una niña que se perdía en un parque japonés, se encontraba con un viejecito amabilísimo y pasaba un día ideal junto a él. Ignoro cómo llegó la niña hasta Japón. Supongo que los ingredientes de esta historia hoy hubieran conformado un panorama macabro. En la mochila de mi memoria todavía conservo una sensación: me fastidió que la niña regresara con su madre. Era el final correcto pero yo no quería que el día feliz ni el libro se acabaran.
El día feliz con el que me obsequió mi abuela me invita a establecer nexos impostados. Cualquier excusa es buena para embriagarme con el perfume la evasión.
El día de hoy, como tantos otros días, no ha sido precisamente feliz. Ha sido una jornada rutinaria, maratoniana, asquerosa y repugnante. Y aún continúa. Sin embargo, en lugar de completar el cuadrante de mis deberes he decidido perder el tiempo en escribir estas líneas a modo de desahogo.
Hace unos días, sin ir más lejos, podría hacer cuadrado un ‘día feliz’, pero si lo hubiera permitido carecería de razones para quejarme. Y eso sí que no. Si me hubiera limitado a disfrutar de aquella jornada con naturalidad me habrían embargado un manojo de prejuicios. Si lo razono desde un punto de vista objetivo fue un día feliz y punto, pero la realidad es que me entretuve en autosabotearme la jornada impidiendo que mis sentimientos fluyeran con naturalidad. En lugar de disfrutar del momento me centré en descontar los minutos a las horas y los segundos a los minutos. El resultado era previsible: el día siguiente fue aun peor que el anterior porque me jorobaba haber desperdiciado este último…

Moraleja: ni días felices ni deberes cumplidos.

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Una respuesta

  1. Bueno,

    la tristeza o la alegría no son estados de ánimo continuados, sino la suma de pequeños instantes. De modo que un momento negativo al final de la jornada puede cambiar la tendencia notablemente.

    En lo de autoflagelarse tampoco te voy a llevar la contraria. A todos nos gusta martirizarnos y autocompadecernos de vez en cuando.

    Pero arrastrar ese bagage al día siguiente es para darte dos collejas bien dadas.

    Un beso

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