Follaréxico-a
2 noviembre, 2010

Qué bien, he inventado un término nuevo. Follaréxic@ no sale en gúguel ni en ninguna parte. Dentro de una semana se habrá popularizado y todos los niñatos lo usarán en sus twenty’s. Lo sé muy bien porque yo inventé los términos ningunear y Follarín de los bosques y nadie lo sabe. Lo cuento aquí para que quede constancia de que soy un genio como Sofía Mazagatos.

Crónica anticipada de otra mala faena
23 octubre, 2010

La renovada plantilla zapateril luce como un mejorado cartel taurino. Al frente, el único espada de la antigua escuela que le queda al socialismo patrio. Completa la terna más destacable una debutante con relumbre impostado que jamás ha dado un palo al agua, y una reputada chaquetera que ha escalado desde provincias hasta Madrid en tiempo récord.
Se prevé una faena compleja y deslucida con el capote, aunque justo es reconocer que la suerte del estoque la manejan con maestría y ‘previsiblemente’ será ejecutada a volapié
Se barrunta que los 46.951.532 de astados, de casta noble y brava, embistan con dureza.
Pitidos y almohadillas aseguradas en este último intento desesperado (¡y van…!) para tratar de salvar el culo. Perdón, quería decir la fiesta, la fiesta.

Sin bragas y a lo loco
26 febrero, 2010

Por segunda vez en mi vida me he visto obligada a prescindir de bragas. Ya sé que hay por ahí presuntos estetas que detestan la palabra ‘bragas’. ¿Pero cómo llamarlas si no? ¿Coulotte? ¿Braguitas? ¿Ropa interior? Me parece una cursilería, demasiado forzado. Yo iba sin bragas y punto.
La primera vez que perdí las bragas fue un verano tórrido, ya muy lejano. Las perdí porque tenía plan; simplemente las olvidé adrede en un cajón. Lo olvidé todo, salvo un ajustadísimo vestido de color turquesa anudado a la cintura. No fue necesario que me desprendiera de él. Qué polvazo, dios mío. Yo lo recuerdo como el polvo de la entreplanta y las estanterías metálicas. Cada uno que contribuya con su imaginación a completar la secuencia aunque no es obligatorio.
Recuerdo también la sensación majestuosa, plena, morbosa, al incorporarme a la mesa con tantas personas; recién follada y sin bragas, sucia, con el fuego de la lujuria todavía dibujado en los ojos, con la piel brillante y sudada. Incluso existe una imagen de ese día. La tomó el culpable de este recuerdo. En ella aparezco sentada, envuelta en turquesa, con las piernas cruzadas (obvio), el pelo deliciosamente alborotado, las mejillas sonrosadas, la mirada brillante, los labios hinchados y henchidos de placer. ¡Ay! Aprovecho para saludar desde aquí a P, qué buenos ratos me procuró el muy canalla: hola P, maestro.
Pero ésa fue mi primera vez. Nada que ver con la segunda.
He estado fuera dos días. Dos días gloriosos. Cuando atravesé el umbral de la puerta del hotel -algo perjudicada, todo hay que decirlo- me dio un ataque de pánico. El vestíbulo abigarrado, decorado con arañas de cristal, estucos y suntuosas molduras, me sumergió en una apresurada reflexión sobre arquitectura. Y como una cosa lleva a la otra, especialmente en mi desordenada cabeza y más en ese estado, el inconsciente, siempre al acecho, llamó a las pechinas. Las pechinas son como bragas, le comenté un día a un compañero mientras disertábamos delante de una Cruzcampo sobre la catedral de Santa Sofía. Pechinas, bragas, bragas, pechinas. ¡Ay, la madre q…! Que no me he traído bragas de repuesto.
Y así fue como pasé la toda la jornada posterior a los hechos que expongo sin bragas, circunstancia que a mí me pareció la mar de divertida. Me hubiera gustado gritarlo a los cuatro vientos. Tan modosita, tan contenida, limpia y arregladita: ¿sabe usted que no llevo bragas porque sólo me he traído unas y paso de hacer la colada en el lavabo? Sujetadores siempre llevo por lo menos tres. Es que soy un poco maniática