Mi Mac y yo
15 abril, 2008

Me han regalado un MacBook. Ideal, una monada. Pesa algo más que mi Sansung enano, aunque es menos voluminoso que mi tablet. Tengo que decir -me da mucha vergüenza confesarlo a estas alturas- que hasta hace dos días todavía ‘era virgen’. A pesar de que las veía hasta en la sopa, mi relación con las manzanas era más bien platónica, salvo por el Ipod de 30 gigas que apareció por casa un día. Taaaaan blanco, taaaan mono. Con él me entretuve una temporada, incluso me acompañó durante un viaje inolvidable a la Toscana… hasta que me aburrí de darle a la rosca. Pero esto es diferente, desde el momento en que lo desnudé con manos temblorosas, fui consciente de que iniciábamos una relación apasionada y turbulenta. Desconozco casi todo sobre él: ignoro donde tiene el punto G, sus oquedades están dispuestas en el flanco izquierdo, no me obedece como los otros y no responde a mis caricias con respuestas precisas. Es decir, que dónde narices enchufo yo ahora el ratón, dónde puñetas están las tildes. ¿Y mis arrobas? ¿Cómo demonios se maximizan las ventanas? ¿Por qué los ficheros .exe están ahora llenos de galimatías?
Me gusta pensar que en su compleja excentricidad reside gran parte de su magnetismo. ¡Sólo llevo un par de días tratando de seducirlo! Reconozco que lo he sometido a alguna que otra tortura: desesperada ante su pasividad, derramé media lata de redbull sobre su inmaculado torso. Ni se inmutó. Juro que no fue por despecho.
Ya veremos como termina este romance.
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