Cómo te echamos de menos
12 diciembre, 2010

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Dolor
2 noviembre, 2009

dolorEl dolor es una reacción de las terminaciones nerviosas que a la larga se traduce en sufrimiento. Lo que empieza como un síntoma o un aviso de que algo no anda bien, si se hace crónico, acaba transformándose en un sentimiento. Fastidia, joroba, jode, molesta y amarga el día a día de quien lo padece.
Ésta desgraciada amante y voraz practicante de la prodigiosa disciplina del deporte ninguneó un día un dolorcillo. Lo relegó a la categoría de achaque transitorio. Demasiados abdominales. Cosas de la edad. ¡Psche! ¡Bah!
Preguntando al extenso elenco de dolientes crónicos que pulula por mi ecosistema, pude constatar que a todo hijo de vecino le duele algo, lo que sea. Unos se resignan, otros se hacen abanderados de la causa del dolor: lo pregonan a los cuatro vientos y lo utilizan como arma arrojadiza (véase apartado familiares directos y/o indirectos). Los demás se medican para seguir en el tajo. En común tienen todos ellos el goce y disfrute de la tertulia literaria sobre sus padecimientos. Por último estamos los otros, los que ignoramos el martirio y no mentamos a la bicha, a ver si así se aburre y se espanta.
Pero no. Se queda, crece y se hace poderoso. Da un golpe de estado en la conciencia y de pronto uno deja de hacer las cosas que antes hacía. A saber: las rebajas, la pelu o incluso ir al estanco. Te das cuenta de que empiezas a tocar fondo cuando la indiferencia manifiesta su presencia ante el planteamiento de un fin de semana en el Byblos, por poner un ejemplo sencillo.
Con el tiempo hay que tragar. Se llega a la conclusión de que hay que pasar por el taller de chapa y pintura. Descubres que el asunto es serio y empieza una letanía interminable de sermones, consejos y peregrinaciones varias.
Uno de mis usureros, perdón he querido decir curandero, me hace levantar la pierna hasta que consigo chuparme la rodilla y me la coloco tras la oreja; me doblo sobre mí misma como una alcayata perfecta, hacia delante, hacia atrás. ¡No, hacia atrás no, que duele mucho! Bato el récord de salto a la pata coja alrededor del perímetro de su consulta sobre la pierna izquierda; después pulverizo mi propio récord con la derecha. -¿Y el dolor? -Pues oiga, ahí, ahí, pero eso no impide que… Por fin alguien le muestra la prueba del delito. Para mi desdicha, la puta resonancia canta por peteneras. ¿Pero cómo puede usted…? Y le cuenta al residente -para no quedar mal- que los amantes del deporte somos difíciles de diagnosticar porque despistamos. Me recomienda ingerir porquerías para paliar mi sufrimiento. –Oiga, que no quiero acabar como (mi llorado) Michael Jackson, no le digo para que no me tome por el pito de un sereno. No quiero medicarme, resuelvo comentar en voz alta. Pues debería, me contesta. No me da la gana, vuelvo a no decirle. Prefiero evitarlo, es lo que oye el galeno. Me gustaría decirle, pero me limito a pensar, que bastante jodida estoy ya como para chutarme un rosario de pirulas diarias, porque las pirulas son incompatibles con las cañas, que dicho sea de paso, es la mejor medicina que conozco; ésa, y la buena compañía. Que las rubias y las pirulas no se llevan bien y que a mí, mejorar, lo que se dice mejorar, lo que me mejora es un rato de jarana. Que se me quita el dolor por arte de magia, doctor. Pues usted verá, me suelta el tío. Me ha leído el pensamiento el muy jodido.
…Y me lo encuentro el viernes en una taberna. Él, su señora, anchoas de Santoña y Cruzcampo. Yo, maromo de 1’93, Pura López de doce centímetros -muy recomendables para ‘lo mío’ por los cojones- ventresca de atún y Alhambra. Lo miro, me mira (los pies). Nos reímos.
-¿Cómo está usted?
-Jodida, pero divina de la muerte, ¿o es que no lo ve usted?… no le digo, obvio.
-Roberta, los deportistas (¡¡gracias!! pero no es para tanto) estáis hechos de otra pasta. Vamos a intentar revertir su situación. Haga usted lo que crea conveniente siempre y cuando no le genere dolor. ¡Salud!
¡Pues salud!

El pedazo de polla (con perdón) de Michael Jackson
16 julio, 2009

(This is it. Ya nos lo fabrican así)1

paquete MJ copiaA mí Michael Jackson me ponía cachonda.
Adoraba sus coplas, se me iban -se me van- las piernas cada vez que las escucho. Pero verlo… ¡ahhh! verlo en acción era ya el summun, un delirio para los sentidos. Recuerdo que mi padre, un señor fascineroso y serio pero bueno, bueno de verdad, no entendía mi fascinación por él. Mi cuarto empapelado con imágenes del aquel “negromariquitarraro” fue una de su preocupaciones hasta que vio Thriller con sus propios ojos y sentenció: es un gran artista, Roberta. Tengo que reconocer que canta y baila estupendamente aunque se pinte más que tu madre. Naturalmente nunca aprobó su estilismo, pero se rindió ante su genialidad. Por aquella época estaba también en pleno esplendor George Michael y aquello sí que hubiera sido preocupante. Ése sí que ha sido una maricona de las grandes.
Asumido el motivo de mi diabólica posesión, mi padre me quiso dar una sorpresa y se plantó en el corteinglés . Yo no tenía liquidez, más o menos como ahora, pero con el agravante de que en aquellos años era impúber y ahora tengo pelos en el… Vaya, que me voy por los cerros de Úbeda. Decía que mi padre pidió al vendedor de la sección de música el disco del “negromariquitarraroquesepintalosojos” y se presentó en casa con ¡Purple Rain!. Un detallazo, sin duda, aunque yo lo hubiera matado, qué desagravio (pedazo de disco, por cierto, al final tuve que rendirme ante la evidencia. Prince es otro genio: más pequeñito, más modesto, malhumorado pero genio al fin y al cabo.)
Trascurrió el tiempo. Me fui haciendo mayor. Descubrí el amor normal y corriente en la playa, porque el amor de verdad era el otro, el que yo sentía por mi ídolo. Mientras me convertía en un proyecto de mujer que cambiaba sus infructuosos suspiros por un torbellino de desilusiones, mi adorado evolucionaba al compás de su ritmo: de negro a blanco (vitíligo contrastado), de narizota divina a naricilla cómica (para conseguir más agudos); besaba a una guarra en un vídeo sin mi autorización (y yo me revolcaba con un francés por la arena). Etc, etc. Me fui integrando plácidamente en la subhumanidad mientras él ascendía al Olimpo de la excentricidad arrastrado por su torrente de excelencia. Esclavo del ritmo, víctima de la fama. Definitivamente el hombre no está hecho para ser adorado.
Me pasé por el forro las acusaciones de pederastia. Menuda gilipollez. Pero lo que jamás le perdonaría fue aquel matrimonio con Lisa Marie. Ya que me ponía los cuernos lo que le tenía que haber hecho es un bombo. Traer el mundo un nieto de Elvis hijo de Michael Jackson hubiera sido la leche. Para mi desdicha, no contento con aquello, repitió la hazaña con una enfermera gorda, zafia y horrorosa con aspecto de nodriza. Cero glamour. Y encima se reprodujo con ella.
Aparqué a Michael y continué con mi vida, aunque él siempre fue propietario de una parcela en mi inconsciente. Cuando llegó la parte más polémica y oscura de su vida, no me importó demasiado. Ya tenía asumido que era un genio de la música. Y punto.
Pero empecé diciendo que me ponía cachonda. Huelga decir que este no es un sentimiento nada platónico, pero es que babeaba -¡y aún babeo!- cuando agitaba esas manazas suyas con esos dedos tan largos; esa forma de convulsionarse, de menearse, de desafiar las leyes de la gravedad. Y el ritmo, el ritmo de su cuerpo ligero como una pluma. Y los gestos, la forma de modular la voz, los giros vertiginosos, los saltos, los desplantes, el movimiento diabólico de sus caderas: la magia que el verdadero artista derrocha sobre el escenario. Sumo sacerdote de la escena, dios del compás, hipnotizador de masas, ilusionista que secuestra la cordura de quien sabe apreciar la belleza; gracia, genio e ingenio, pero por encima de todo, TALENTO y, y, y…
…y el pedazo de polla que tenía Michael Jackson.

Con dos cojones, Michael.

Y al séptimo día…
3 julio, 2009

michael_jackson_110707…no resucitó.
Pertenezco a la legión de incondicionales del rey del pop. Y como todos ellos aún confío en que todo sea una macabra macro-campaña de publicidad destinada a resucitar la maltrecha figura del astro, cuyo injusto deterioro parecía haberlo sumergido en una espiral de sinsabores interminable.
Todavía no he perdido la esperanza, no. Dicen que una carroza blanca tirada por nosécuántos corceles -también blancos- conducirá los restos del desdichado emperador del pop hacia su última morada. Pero yo estoy casi segura de que mis ojos gozarán del despertar del rey vía satélite; ignoro si habrá una princesa cuyos labios se encarguen de devolvernos el aliento que nos falta a sus incondicionales o serán sus disputados hijos, aterrorizados ante la que se les avecina, los que exijan a su excepcional padre que se ‘ levante y ande’ para poner orden. Estupor mundial, incredulidad, protestas, altercados en las calles, pánico generalizado, indignación; las cadenas de televisión incendiadas: ¡¡nos han tomado el pelo!! (os lo merecéis, cretinos). Y aunque parezca imposible, las lenguas viperinas escupirán todavía más improperios hacia la estampa mágica del resucitado, del genio eternamente pueril. Sí, sí, pueril… ¡un orate excéntrico! dicen con desprecio los voceros de todos los reinos; un loco maravilloso capaz de generar una fortuna inmensa moviendo el culo a un ritmo diabólico y ejercitando el gaznate como ninguno (y que me perdone Elvis este pequeño desliz).
Bah, y qué más le daría ya. Muerto o vivo, pero en cualquier caso curado de espanto ante las torticeras habladurías del conjunto (¡conjunto!) de la humanidad.
Descanse por fin en paz, se lo merece.

…Y si finalmente no resucitara tal y como tengo previsto, continuaremos disfrutando del consuelo de su impresionante legado.

Thanks For all , Jacko
26 junio, 2009

Preysler tuneada
26 abril, 2008

No queda más remedio que reconocer que Isabel Preysler es un prodigio de mujer. Cinco hijos y tres maridos no han devastado la belleza de esta filipina cincuentona adoptada por España para solaz del gremio de las peluqueras patrias. El tiempo no existe para ella, divina e inmortal, incombustible, siempre perfecta…

Pues no. Isabel se tunea que da gloria.

Pasen y vean:
He aquí a nuestra clásica Preysler, la del Hola, tuneadísima: estática, perfecta, retratada para una campaña de lanzamiento de un maquillaje anti envejecimiento de Margaret Astor (muy mal, Isabel, esa es una marca de afeites destinada al vulgo y tú eres una diosa)

Pero el contrato le exige que pasee su palmito durante el acto de presentación del ungüento y nuestra Preysler habla, camina, no es una efigie egipcia a pesar de que cada vez guarda más similitud con la efigie de Nefertiti (ojo, Isabelita, no te pases: conserva el iris del ojo izquierdo que eso ya sería una boutade incomprensible).

Cada vez que nuestra dama esboza una sonrisa, además de mostrar las inmaculadas fundas de sus dientes, exhibe unos pliegues extraños a la altura de las sienes. Probablemente se trata de una consecuencia de la tensión que soporta su piel (¿no serán esos surcos los pliegues nasogenianos en realidad?).También podría tratarse de un efecto secundario de abuso de proteína botulínica; el caso es que su preciosa sonrisa queda empañada. Comprueben y vean el fenómeno extraño aquí:

Y aquí:

Y aquí, con más detalle:

Para finalizar la cruel tanda de capturas, ilustro con la imagen de la señora Boyer recogiéndose del sarao, ya cansada y sin pendientes. Destaco unas protuberancias nada favorecedoras junto a los labios y esa extrañíiiisima nariz, similar a la de Pocahontas.

Moralejas:
-¡No compren el maquillaje de Margaret Astor que promociona Isabel Preysler!
-Tras una intensa observación de las imágenes adjuntas a este ilustrado y malicioso rebuzno, he deducido que Isabel Preysler padece el síndrome de Michael Jackson aunque sus modelos a imitar -Nefertiti, Pocahontas e Imelda Marcos- difieren notablemente de los del cantante. Ella ha obtenido mejores resultados.

Divina Isabel en cualquier caso ¿dónde hay que firmar?